El desamor de Llorente


Es lo que tienen los amores verdaderos, los amores con raíces. Cuando un amor verdadero fracasa, la ruptura es traumática y el conflicto se convierte en un 'conmigo o contra mí'. Los partidarios de una y otra versión tienen argumentos de sobra para excusar y para culpar, no precisamente en ese orden. Y los aficionados del Athletic son sabios pero muy cabezones. Nada importa si el muchacho ha estado mamando del Athletic desde los 11 años o si Fernando e Isabel tuvieron que renunciar pronto a ver a su niño corretear por los rincones del pueblo. Tampoco es momento de deshacerse en alabanzas hacia sus 'padres' bilbaínos, Maite (quien falleció a causa de un cáncer) y Benito. No, porque ahora él es el adulto y sus decisiones conllevan una responsabilidad de la que se impregna todo lo que podamos imaginar, lo que está bajo control y lo que no.

Los que ven crecer una estrella en Lezama saben que con muchas dificultades volverán a ver algo parecido. Las particularidades de la filosofía de los leones limitan el figureo y el estrellato. Los jugadores, los domingos (si no les colocan el partido un lunes) no salen de San Mamés en gafas de sol, ni en un deportivo tintado, ni con la ayuda de los cuerpos de seguridad. Salen por la puerta a pecho descubierto, a pie y con una sonrisa de agradecimiento a todos los respetuosos hinchas. Sí, bueno, es posible que alguno, alguna vez, se ponga un poco pesado porque le ha caído mal el txacolí. Y de acuerdo, a otro puede que le sobrara un pacharán. Pero, entre decenas y decenas, ¿con alguno habrá que tener paciencia, no? ¡Podría ser un primo lejano! O el hijo de una vecina de toda la vida. Al fin y al cabo, son admiradores y paisanos. Pues bien, esa cercanía, esa humanidad de la villa, es la que ven peligrar ahora los más críticos con el chico. A aquellos que le han puesto la mano sobre el hombro antes de que la altura del rubiales lo hiciese imposible, a aquellos que le han pagado la gasolina para que vuelva el fin de semana a Rincón de Soto, es a quienes más les cuesta asumir que la proximidad se va a convertir en frialdad, en distanciamiento y en un cambio de estatus.



Una de las cosas que no ha podido gestionar bien Fernando Llorente es su relación con la prensa. Quizás todo habría sido distinto si... Pero ¿dónde ha estado el error? ¿Por qué los periodistas que más le defendían, los que más creían en él, dicen estar decepcionados? ¿Por qué dicen que no ha sabido dar el paso de muchacho a adulto? Y que está mal aconsejado... De repente oímos como Santi Segurola, con aparente dolor, prologa sus frases con un “Me sabe mal decirlo porque es buen chico y me duele, pero...” Y, cuando menos lo esperamos, Rafa Beato, otro periodista especializado en leones, hace lo propio con una Captatio benevolentiae tal que así: “Sí, es cierto que he tenido buena relación con él, pero...”

Mientras que Segurola se suele limitar a defender su suplencia en pro de quien sí permanecerá en el futuro (Aduriz), Beato va más allá y, sin decir nada, lo dice todo: “No es momento de decir lo que hace en los entrenamientos. Ni es momento de pedirle explicaciones por el hecho de que haya ido pidiendo dinero y dinero y, una vez concedido, haya preguntado por la comisión de su hermano”.

Tal vez si Llorente no hubiese acusado a la prensa de polemizar, si no le hubiese dado plantón sin que el club justificase ese hecho y si no hubiese señalado a los medios como artífices del rencor de algunos aficionados, aún hoy algunos periodistas le defenderían, con o sin motivos. Pero hacerse adulto también es estrategia, cálculo y frialdad. No es así como Llorente se abrió paso en la cantera, sino que lo hizo destrozando defensas con pasión. Si no hubiese sido así, no habría llegado tan alto. Y si no hubiese estado en el Athletic, quizás tampoco.

Visto que ya no puede salir peor parado, lo mejor que puede hacer Llorente es disfrutar lejos de Bilbao y, una vez retirado, esperar a ese olvido que rápido le llega a todo ex futbolista, ese punto en el que los viejos te recuerdan en las tertulias de bar, los maduros ya no te echan en cara que buscaras una vida mejor y los chicos no te reconocen. Es entonces cuando podrá comerse unos pintxos a pecho descubierto y sentirse lo que es: ante todo, una persona, con sus errores. Ahora también puede hacerlo, si no le importa escuchar, casi siempre de buen rollo, la cruda sinceridad -pero campechana e inofensiva- de los aficionados rojiblancos.


Por Marcos Moreno Teruel
Fotos: Archivo



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