Cuentos de fútbol modesto (I)

La palmadita
de Marcos Moreno Teruel

Hoy han hospitalizado a un directivo de mi club. Su estado es grave. No es quien se fijó en mí cuando era un chaval, pero sí una pieza importante en la maquinaria de la entidad.
Me presentaré. Soy ese tipo de defensa que empieza desde el banquillo todas las temporadas, que se gana su puesto con sudor en los entrenamientos y con buenos resultados en los cuatro ratos que disputa. ¿Sin alzar la voz? No me confundáis con los que no alzan la voz, nunca entendí que lo de no alzar la voz fuese una virtud. Pero tampoco he faltado el respeto a nadie. Más bien soy de esos que, cuando están más en forma y le han quitado el puesto a los favoritos del míster, tienen una sanción o una lesión que les obliga a desescalar.
 

Algunos viejos compañeros dicen que tengo fama de lento, aunque nunca me lo han explicado a mí directamente. Mi club se ha aprovechado de mi poco cartel y las pocas ofertas que he recibido; cobro tan poco que a veces me pregunto si no habré estado cerca de pagar por estar en el equipo.
 

Un domingo de verano jugábamos un partido decisivo. Es sabido que los partidos más inolvidables se disputan cuando ha llegado el calor. Al menos en mi liga. Ese día subí a rematar un saque de esquina y mi gol dio la permanencia al equipo. Fotos épicas, piñas cerradas, jugadores a hombros de aficionados, invasión de campo, lágrimas para destensar... Fue la sensación más intensa que he tenido en mi vida. Y me podéis llamar animal, si queréis, pero siento que desde entonces logré más respeto de mi novia y de mi afición. Mi novia ya me respetaba, pero desde entonces me admiró. Tampoco nos engañemos porque, aunque quede mal decirlo, todos jugábamos mejor en el parque cuando venían a vernos las chicas. La exhibición con una pelota delante de las chicas es una forma moderna de hacer el animal. Son esos instintos que queremos erradicar a base de razón y lógica, de haber aprendido corrección política.
 

Estuve un año jugando a gran nivel, mi autoestima me catapultaba cada vez que debía llegar a un corte, saltar a despejar, meter el hombro para hacer una carga o aguantar la pelota hasta ver a mi ayuda por el rabillo del ojo. La dirección que tomaba la pelota era la que yo quería darle, el efecto me salía preciso y el míster había dejado de darme palmadas en la espalda como si fuera un crío.
El mes pasado fichamos a un jugador de ese equipo al que vencimos con mi gol. Es un tipo prudente cuando habla de fútbol pero le encanta alardear de su estilo y su manera de vestir.

−    Joder Carlos, vaya reloj, yo no lo dejaría en el vestuario durante el entreno. Esto no es el Chelsea.
−    ¿Te gusta? Te lo debo a ti, crack.
−    ¿A mí?
−    Sí, bueno, a vosotros. Hombre, no es que nos fuéramos de vacaciones después de vuestra salvación, pero algún detalle sí que tuvieron. Iba detrás de este desde la primera vez que pasé por el escaparate.

Mi silencio le obligó a continuar hablando:

−    Ya podríais haber metido antes ¿eh? Vaya sufrimiento.Yo pensaba: “estos tíos al final nos empatan”.

Ahora mis piernas están agarrotadas. Llego tarde a todos los balones divididos. El mismo cuerpo que me impulsaba al aire con ligereza es el que ahora me pesa sobre las rodillas. Rompo todos los fueras de juego y el míster ya me ha mandado al banquillo tres veces, dándome una palmada en la espalda cada vez que paso por su lado. Creo que el próximo partido lo veré desde el banco. Si decido presentarme a la convocatoria. De repente siento que he timado a Alba. Sé que me quiere y que me querría igual si ella supiera todo sobre aquel día, pero también creo que no me hubiera ganado su admiración del mismo modo. No he cumplido los 24 y siento que estoy acabado. No sé si me gusta lo que hago. Siento que mi carrera habría terminado aquí aunque siguiera jugando durante años. Ha tenido que ocurrir esto para que me dé cuenta de que la gente ni siquiera ha mencionado alguna vez lo bien que defiendo cuando hago un gran partido atrás. Me querían por una labor que le corresponde a los delanteros, no a mí. Nadie valoró los días que salvé el culo a mis compañeros. Ayer se lo conté a Alba. Me dio una palmada en la espalda.

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